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martes, 27 de julio de 2010

Su excelencia y el Cibao


Cuando se vive en dictadura y puedes dar la mano de un demócrata, no se debe perder la ocasión de saludar con admiración lo que ese estadista simboliza, la lucha por la libertad y el haber sido elegido por un pueblo que es su mejor carta de presentación. Y ni siquiera te preguntas si son tus mismos ideales.

Corría el año 85 - 86 y mi nuevo lugar de residencia era San francisco de Macorís, pleno centro del Cibao en la isla de la española como la llamaron Colón y sus piratas.

El entonces gobernante visitaba el lugar y por muchas, y pocas razones, me vi involucrada en su visita.
Llegó con sus guardaespaldas, que para mi eran muchos por su corpulencia y pocos para los que traía el dictador en mi país. Las esposas-mujeres de los que habían organizado el evento, estábamos en línea esperando estrechar la mano de este presidente querido y repudiado, dualidad que yo no entendía.
Pocos eran los meses en que había arribado a este paraíso de pobreza y de naturaleza bendita, donde si uno creía que la mano de dios era la creadora y, además, le había dedicado más horas.
Por protocolo, nos fue saludando una a una con la cortesía de quién quiere tener la popularidad de los suyos. No todas éramos locales, pero ahí estábamos y debíamos ser sobre todo buenas anfitrionas

Al llegar mi turno, sostuve con ambas manos la suya y le dije, con mi voz de chilena y arriesgando todo:
Señor Presidente es un honor, mis manos no saludan a un demócrata desde hace mucho tiempo y al último fue a su tocayo y colega nuestro querido Salvador, soy chilena.
Me latía aceleradamente el corazón y mis ojos tenían un brillo entre inocente y ansioso, pensando si estas palabras me podían ocasionar más de un problema.
La ceremonia, los discursos, y su Excelencia que no dejaba de mirarme hicieron que mi nerviosismo aumentara, había osado trasgredir toda regla.

Cuando el presidente comenzó a despedirse, disminuí el paso y me mantuve detrás de todos los asistentes. Sin embargo, él saliéndose de todo protocolo y bajo las miradas de disgusto de los organizadores y guardaespaldas, se dirigió directo hasta donde yo estaba ubicada. La vergüenza se reflejaba en mi rostro que oscilaba del rojo al pálido.
Me tomó ambas manos y dijo: Durante mucho tiempo he querido saludar a un chileno valiente y creo que dios me ha premiado al darme la oportunidad de hacerlo con una hermosa y audaz mujer; por favor dígame ¿Cómo están los hermanos chilenos? Narré  brevemente lo que sucedía en mi Chile querido, la gran y atroz verdad que los míos sufrían, sabía que mis minutos eran muy pocos para decir tanto.
Siempre agradecí sus palabras y el haberme hecho sentir muy importante en ese momento.

Mi estadía en la isla y su gobierno fueron tiempos breves.


Salvador Jorge Blanco ha sido el único presidente dominicano sometido a la justicia y descargado. Su culpabilidad frente a los cargos imputados nunca fue probada, por lo que muchos afirman que el proceso judicial que se le siguió fue político y manejado directamente desde la casa de gobierno para inhabilitarlo como posible candidato presidencial.
En la República Dominicana los juicios a políticos solo son llevados a la corte con autorización del presidente.


Escrito en San Francisco de Macorís.

domingo, 25 de julio de 2010

El pianista



Sus dedos saltaban de tecla en tecla y la música estallaba en el techo sucio y maloliente del aquel bar. Los boleros y su voz ronca la transportaban hacia los besos y caricias que inundaban sus soñadas fantasías.

Ella se sentaba con su vodka tónica al frente, hasta que la razón se perdía en el humo y el sudor. Los parroquianos la miraban con ansias de poseerla, las invitaciones a bailar, a brindar, a conversar eran el pan nuestro de cada noche. Sin embargo, ella solo tenía ojos para el pianista.

El nunca le dirigió siquiera una mirada, aunque ella le sonreía con pasión, para él era como una visión sentada en el limbo.

Aquella noche, en que la embriaguez la tenía volando en la penumbra, él se paró frente a su mesa y la invitó a bailar. La apretó a su cuerpo y ella sintió el placer que ya presumía ostentosamente varonil.

La retorció y la estrujó cual muñeca de trapo mientras su rodilla jugaba acariciando su entrepiernas.
Sus vientres se retorcían en cada movimiento de caderas y al unísono marcaban el paso de la música.
Él cantaba suave y seductor y ella respiraba su vaho con el aliento impregnado a alcohol.
Él mordía su oreja y a ella se le humedecía el calzón, mientras la hombría del pianista mostraba el orgullo de estar en la plenitud del encantado énfasis.

Las manos expertas en acordes recorrían desde las caderas a las nalgas y caminaban por la espalda, deteniéndose en el cuello para volver a embestir, atacando nuevamente los montes hasta ganar la batalla.
Sus dedos no emitían los acordes musicales que ella tenía grabado en su memoria y en sus oídos, solo hurgaban y apretaban, causando dolor que ella percibía únicamente en forma de placer.

Para ella fueron horas convertidas en segundos y para él el eterno momento de seducción del cual no sabía disfrutar y que en la premura de su machismo solo deseaba el acabamiento final.


Amanecieron abrazados en el maloliente camerino mirando el techo que giraba como el cielo de París para ella y para él como huracán en las sienes adoloridas por el licor.

Él nunca supo su nombre y ella al limbo volvió.

sábado, 24 de julio de 2010

Un cristal a las tres


Frente al espejo de esta nostálgica tarde y evocándolo ardiente y con entusiasmo, escucho el llamado a sus brazos que desenfrenadamente provoca la euforia ciega a mi pobre sexo, que testarudo solo quiere satisfacerse del suyo.


Son las 3 de la tarde, la hora del intenso letargo donde el sopor de una siesta se queda en el cuerpo. Y con el débil sol en mi ventana desnudo a mi cuerpo, lo miro y contemplo mis brazos, mi abdomen, mis pechos, queriendo ofrecerlo como un sacrificio en este altar de la obstinada vehemencia.


Me recorro y me acarició lentamente y solo el vidrio es testigo de tanto arranque de lujuria.


Cierro y entreabro mis ojos, como le gusta verme, en esa mirada dulce de complacencia al placer otorgado por mis manos y dedos que hurgan grutas y caminos que preparan a su deseosa visita.


Mi acogido refugio grita gemidas canciones de tantas tardes y noches de vigilia.


Humedades que desean ser colmadas de miel cuando su pasión entre en la realidad misma que presiento mirando mi cuerpo dibujado en la luneta de mi retina.


A su aroma lo extraigo de las paredes de mi cuarto, de mis sábanas, de mi cuerpo, de su recuerdo, del atardecer que se aproxima a mi ventana y de orgásmicos amaneceres…


Y detrás de mi imagen como una sombra veo su rostro brillando pleno de dicha, de gritos, de satisfacción, de angustias reprimidas, de violentos deseos de hacerme suya eternamente.


El cristal sonríe maliciosamente en la complicidad de enviar la imagen a su corazón, y de querer tener ambas figuras en su cristalina y plateada fachada como la mejor foto de un amor dado y entregado, con ese ardoroso y doloroso placer cuando dos cuerpos se juntan en un soñado clímax.


El espejo me arroja la imagen cuando sus brazos rodean mi cintura ante el deseo de ser poseída para quebrar en mil pedazos el cristal de la fantasía y hacerlo realidad en esta fría tarde de otoño.


Miro mi cuerpo desnudo sin hojas y gozoso en este plácido y eterno orgasmo...

La silla


Cuando leí este comentario al pie de mi  cuento: “en una silla es incómodo tener sexo”,  junto con reírme,  decidí indagar más allá de la propia experiencia,  acerca de esta posición al hacer el amor.

Revisé la cartelera  de dotadas películas triple X  y comencé la peregrinación hasta encontrar la adecuada en un triste, falso y mal actuado celuloide. La proliferación de  silicona y músculos  no abren el apetito precisamente. Al fin  llegó a mis ojos la escena  y  recordé al amigo y su interpretación.
Hasta el momento, todo parecía sencillo de realizar, sin embargo, lo que observé fue una odisea de movimientos parecidos a un reguetón, tan falsos como judas.

Al parecer esta formula no daba los frutos que yo quería…

Comenzaron entonces los interrogatorios a las amigas, de ellas solo una se había atrevido a tan osada práctica con un amante, un fogoso caribeño, que no nombraré para  proteger la identidad de mi osada amiga. Las demás solo  esperaban una propuesta y soñaban con hacerlo.

Siguieron los amigos, algunos avergonzados confesaron que en la oficina era muy usual, ¡Bingo! ya esto era un adelanto, ahora tenía que saber detalles. Pero ahí, todos se fueron por la tangente y dijeron que les traería problemas con sus parejas, y mi desilusión fue grande… Me pregunté  ¿como no iba a conocer un solo chileno o chilena que me contara una experiencia? Entonces, como una luz, apareció la imagen del Tío Pancho,  famoso por sus faenas de seducción.
Este tío de ya 70 años, aún usa mocasines, sin calcetines,  se enfunda un celeste jeans y chaqueta azul, y se pasea por las calles de Providencia y  los mall del barrio alto, seduciendo a toda mujer que huela a progesterona y tenga el pelo largo, único requisito para que a él le parezca, que sí debe usar sus artimañas seductoras.

Recordé que ahora, a su viudez, vivía en un departamento en el barrio el Golf. Enfilé a su hogar y  parada en la conserjería me encontré preguntando por él.

El conserje me miró de pies a cabeza y detuvo sus ojos en mi corta falda, agregó un comentario a modo de pregunta ¿Su sobrina?... No, soy amiga de su hijo y él me espera; dije con autoridad.
¡Al fondo a la derecha, (casi como si fuera el camino al baño) cuarto piso y toca en la puerta del 407! Concluyó  sin sacar los ojos de mis piernas.
Parada frente a la puerta arreglé mi blusa cerrando el primer botón. Siempre mi madre decía: ¡Cuidado con los tíos! como si padre no fuera tío de alguien pensaba yo de niña, pero nunca se sabía, y así, y en su memoria tomé aliento y puse mi índice en el timbre.

El tío Pancho me recibió con la seducción que usaba con  mujeres jóvenes, de bata de seda, pañuelo de la misma al cuello, mocasines de gamuza, pero nunca pantuflas de jubilado aburrido. Tomó mis manos y las besó lentamente una a una. Su aroma a colonia fresca  llegó como bofetón a la cara…y caí en  cuenta que me había gustado y mi cuerpo coqueteó en respuesta.

Me ofreció un café  que acepté de inmediato y coqueteando con  sus azules ojos me preguntó que tema era ese tan urgente. Hice una breve introducción sin dejar de pensar en el comentario de mi aburrido lector.


¡Ay m’hijita! estos hombres tan poco eficientes. Te voy a contar:
La primera vez que usé una silla con tu tía Marcela teníamos veinte años y ella me lo propuso,  la tenía aburrida la rutina de la cama y ya nos había pillado la cocinera varias veces montados en su mesón, por lo que me pareció  excelente idea. Así no pasábamos vergüenza y estábamos tranquilos. Nunca la vi tan feliz, muchas patas y tapices quedaron en la historia de nuestras proezas. Mi sexo entraba y tocaba sus paredes húmedas y rugosas que al menor movimiento  respondía  acariciándome desde adentro en cada brinco que ella daba sobre mí. Desde que la cama se cambió  por la silla,  nacieron Verónica, Marcelita y tu amigo Panchito-
Me acotó: ¡Que tristeza por su mujer! que pena que la haya privado de tanta satisfacción, y de buenos orgasmos, con esta técnica tan antigua como el hilo negro.

Salí, desabroché mi botón, dejé el camino de mi escote que tanto te gusta al aire y coquetamente  caminé por Presidente Riesco dispuesta a encontrarme contigo, y decir al oído…  
Pancho: ¡Quiero una silla  esta noche en tu cuarto porque volarás al cielo!
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Invitación a cenar

A temperatura tendré un rico Merlot

¿o prefiere otro sabor?

Y mientras cocino la cena lo invito a: …………………………………………………………………………

A detener sus dedos en mi boca para que yo pueda lamer una a una las penas y dudas.

Que jueguen con mi lengua y mi saliva sane sus heridas

Hágalos deslizar por mi cuello sin prisa, juegue, palpe, sienta, mientras susurro mi bolero favorito y me retuerzo como gata en celo

Sienta mi piel erizarse cuando llegue a mis pezones, aprenda de memoria cada sensación y grabe en sus yemas cada uno de mis poros.

En mi estómago puede detenerse y creer que el mundo es suyo… y además ser el amo de la dueña del ombligo.

En este viaje busque asilo en mi sexo y en este oasis remoje sus alegrías, placeres y saboreé su manjar predilecto, mi arrebato.

Lo demás se lo digo al oído... con una suave brisa de tibio aliento

Del postre y mis orgasmos le ruego se encargue usted…

Responder al 714714714

Delirio





Con desatino le dijo que no quería volver a verlo y él en su fantasía no le escuchó sus palabras. No tomó nota de ninguna y decidió que su vida sería el absurdo mismo de la realidad hecha mito.

Con desacierto la siguió llamando y su necedad por ella alucinó a tal punto que se le aparecía en su quimera realidad, y enfermo de tanta fantasía, la miraba tanto sentada en la cama como duchándose, y así también cantando y bailando. Las conversaciones eran hasta el amanecer con la emoción de susurrar a su oído y rogarle que no lo dejara nunca.


Por equivocación había ido a parar ese día a la esquina que no era y que debía ser donde encontraría a su amigo. Y por desacierto todo se enredó y acabo tomando café con esa desconocida de ojos negros y profundos, de abundante pelo rizado y pausada voz. Doncella de movimientos y decires sensuales que entusiasmó a su cuerpo y a su corazón.

A ella le caminaban pajaritos por la cabeza y soñaba que todo era de color azul, se adentraba en la profundidad de éste con sabiduría y locura, intentando apariencia de inteligente y cuerda. Y lo lograba, su solapado misticismo era su carta de presentación.

Era la santa de fantasía que siempre usaba la magia para decir y estar a la hora indicada y en el lugar donde deseaba atrapar a su nueva víctima. Los hombres eran su debilidad y su objetivo la seducción. Y él era una presa fácil, de carácter delicado, romántico, sensual, místico y enamorado de la vida y las mujeres.

Pasó el otoño y apareció el invierno y las noches de sexo entre ellos eran eternas, se reían de sus cuerpos traspirados y agotados, donde el licor y la marihuana eran los invitados.

Él cada día se enamoraba más y cuando el tiempo que no le permitía estar con ella, eso se hacía infinitamente eterno y apaciguar esta ansiedad era un tormento.

Ella por su parte se comportaba de manera extraña y egoísta, solo alucinaba entre el sexo, las drogas y las frases que alimentaban su ego.


Aquel martes primaveral fue encontrado llorando debajo de sus sábanas con su cuerpo encogido y entre dientes susurrando incoherencias indescifrables para cualquier cristiano oído.

El desatino se había apoderado de su mente y la necedad de sentirse enamorado lo tenía entre la fantasía y la insensatez. Su absurda equivocación y su desvarío le dejaron el entusiasmo entumido y el cuerpo sumergido en el éxtasis del absurdo.

Ella había desaparecido y sus cosas también.

Dicen los lugareños que duerme a orillas del mar, que se pasea como alma en pena, que canta en raras lenguas que solo él interpreta.

Que su cuerpo está llagado y herido por dentro y por fuera.

Que se alimenta de los recuerdos y que sus días y veranos son tan calientes como las noches con ella.

Y a ella…

Dicen que la escuchan cantar en los roqueríos cerca de la playa grande.

Dicen que se pasea por la costanera en las noches de invierno desnuda y que no siente frío.

Dicen que se burla de su amado que busca en el lugar equivocado.

Dicen que se baña en el mar cuando hay tempestad y ella no sabía nadar.

Dicen que las mujeres le rezan y le piden que conceda favores y los hombres la buscan para hacerle el amor.

Pero dicen también:

Que él llora por la playa suplicando que vuelva a su vida que el mar la regrese a su lecho para hacer el amor de nuevo.

Que echa de menos sus pechos y su boca.

Que extraña sus manos y que le gustaría mirar como bailan sus candentes caderas.

Que añora su risa.

Que todavía huele su perfume.

Que desea que le devuelva su fantasía y su cordura

Solo ayer lo encontré sentado en los roqueríos con la mirada puesta en el atardecer, y recitaba:

¡Que disparate el mío haber estado en la esquina equivocada!

Crónica de una seductora


Después del colgar el teléfono y aceptar la cita para la tarde, abrió su bata de levantar y observo detenidamente la imagen de su cuerpo en el espejo. La sorprendió como aún se conservaba lozano y joven. Deslizó suavemente los dedos por su piel tersa y sedosa. La cuidaba con esmero y mucha dedicación. Y siempre que cada dedo recorría un trozo de piel, llenos de cremas y aceites, sus sueños se perdían entre los recuerdos de los momentos compartidos con él.

Se había enamorado de aquel periodista, de sus ojos seductores, de sus manos de músico y de su labia de galán. Y perdidamente enamorada era que se sentía.

Las citas eran siempre las que él proponía y la rutina, la de siempre no variaba. Ella hacía las compras para la cena y él dejaba las llaves debajo del limpia pies.

Conocía su afán de encerrarse en su lugar sagrado.

Nunca dejó de golpear la puerta hasta aquella tarde en que quiso sorprenderlo. La abrió despacio y con suavidad, no quería que sintiera su proximidad. Miró a su alrededor, escuchó la música, su preferida, en portugués. El escritorio estaba frente a la ventana y de espaldas a la puerta, su biblioteca atiborrada de libros y discos. Su cenicero lleno de cigarros a medio consumir y el papelero lleno de hojas arrugadas con la ira del resultado nulo del escrito. Pues gustaba de mascar los lápices que dibujan en esas hojas en blanco y que eran sus notas de defensor de las causas perdidas.

Lo vio sentado en su escritorio frente al montón de papeles y a su ordenador. Éste que siempre mantenía y no quería que nadie le moviera ni un milímetro. Era su orden y su espacio, la intimidad que todos respetaban.

Lo abordó por la espalda, tomó su mentón y le dio un beso en la frente, a lo que rezongó diciendo con arrogancia; ¡Estoy ocupado!

Pero al sentir su perfume cedió a las caricias y ella se fue reptando por el respaldo de su silla hasta lograr meterse entre éste y él. Él sintió en su cintura el sexo húmedo de ella, se resistió a las caricias y protestó. Lo abrazó besando su espalda y lamiendo su cuello, susurrando palabras a su oído, su aliento tibio le hizo cosquillas y sus rebeldes manos se metieron en el pantalón. Lo acarició sin preguntar nada, aunque trataba de murmurar incoherencias, que ya a ese momento eran una jerigonza que ni él ni ella descifraban. Solo su jadeo le indicó que siguiera.

Aunque su ego de macho le indicaba resistirse se dejó seducir y ella sintió su sexo arrogante y triunfante a sus anchas en su placentera mano y feliz de tanto gozo.


Pasó mucho rato en este deleite de sentirse amado y seducido, donde ese orgullo de ser siempre el seductor se perdió entre tanto placer.


Muy despacio fue cambiando la posición hasta quedar sentada en sus rodillas delante de su sexo, quién veleidoso y orgulloso de estar en esta plenitud, entró invitado por sus piernas abiertas como alas de mariposa, a libar el mejor néctar de esta flor que se ofrecía para ser tomada a destajo.

Entrando y saliendo, dando y quitando, sumando y restando el placer de sentirlo virilmente incansable, estuvieron por mucho tiempo. Entre las canciones de sus jadeos y las de Amalia Rodríguez y sus cuerpos entrelazados, la silla y el escritorio se tornaron rojos de vergüenza al sentir tanta pasión que resbalaba desbordando por los muros de ese refugio, que profanamente osó invadir todo el erotismo que al cuerpo le aflora, cuando se dicen sus nombres y escuchan sus voces.

Salió de aquel lugar con el cuerpo agradecido y con el corazón rebosante. Sabía que por primera vez lo había sorprendido.

Esta vez había sido ella la seductora…

http://www.lanacion.cl/cronica-de-una-seductora/noticias/2010-04-10/190011.html

1965: La revolución de la minifalda y el año que lo conocí


Cuando el diseñador André Courréges presentó su colección de primavera-verano en el invierno de 1965, sabía que su carrera iba por buen camino.
-Cada vez que he hecho algo moderno, con amor y entusiasmo, se me ha criticado- ¡Ya tengo bastante!- comentó.
Aun así, este modisto hizo desfilar a sus modelos con botas blancas, vestidos angulares y minifaldas -una prenda nueva, diez centímetros por encima de la rodilla- El público quedó en silencio pero, cuando terminó el desfile, Courréges había mostrado no sólo una moda nueva sino también la mujer que la llevaría.



Y así con esta moda me empezaba a convertir en mujer.
Fue el año en que lo conocí y no sé si mi corta falda y mis delgadas y largas piernas lo animaron a besarme y dejarme suspirando por tantos años.

Recuerdo la citroneta de su amigo Raúl –novio de mi mejor amiga- con quienes compartíamos esas noches en que nos parecían segundos. Nuestras bocas no descansaban y nuestras inquietas manos querían aprender de memoria nuestros cuerpos. En las noches de bailes nuestros cuerpos parecían uno solo y casi no respiraban para levitar al ritmo de la música. El lugar… donde se reunían los jóvenes, la discoteca ’’Las brujas’’.

Este y otros lugares de los alrededores de Santiago eran los escenarios de la pasión de nuestras citas nocturnas, Lo curro, El Arrayán, Los Dominicos o sencillamente los rincones oscuros cerca de la casa de mis padres, quienes dormían con un ojo esperando que la hija apareciera, toda chascona tratando que en sus ojos no se notara el brillo y hablando desde lejos para no delatar la evidencia de la noche de sexo que se apreciaba a metros de distancia.

Siempre fue callado, introvertido y esa personalidad enigmática me atraía por sobremanera. Yo era una colegiala adolescente sin criterio, él un joven universitario maduro y responsable que empezaba la vida y la moldeaba a su antojo. Y yo, no estaba en sus planes… aunque nuestros encuentros eran desmedidamente apasionados. Y lo recuerdo muy bien –sentía como el placer lo invadía- también el momento que abandonó nuestras citas.

Nuestras vidas se fueron transitando por distintos senderos. Casados y divorciados con hijos y nietos, con dolores y alegrías pasaron cuarenta años hasta que una noche apareció en la pantalla de mi notebook. Era un frío mes de julio.

Lo vi triste y cabizbajo con dolores y angustias. Con su pelo canoso y pequeñas arrugas en su piel, sus ojos eran los mismos que tantas veces recordé y busqué en las calles del mundo. Porque para mí él fue, es y será el más apuesto de los hombres que he conocido.

Fue un alegre y emotivo encuentro en el que tratamos de decirnos lo que había sido de nosotros. Con amenos y entretenidos diálogos pusimos sobre la mesa sentimientos y tristezas, frustraciones y logros, hijos propios y prestados y años que brillaban en los ojos.

La juventud afloró por arte de magia, nuestras manos se rozaron y nuestras bocas comenzaron a desearse de forma acelerada. Nuestras tazas de café a medio terminar, la propina al garzón que fue en demasía, quedaron en la mesa de aquel Café, porque las ansias de tantos años acumulados eran más. Y huyendo salimos de allí.

Cruzamos corriendo la ancha avenida con bocinazos que nos alertaban del peligro. En un estacionamiento municipal nos besamos, y nos besamos con el aliento de los años.
Por decisión de ambos terminamos en Valparaíso mirando el mar a las cuatro de la mañana hasta ver el mejor amanecer.

No volvimos a vernos, muchos correos fueron escritos y jamás enviados.

Ahora he dejado pasar el tiempo -que siempre pienso es oro a esta edad- pero se lo he regalado por respeto a su intimidad…

No estoy en condiciones de soñar, mal que mal esperé verme en sus ojos 40 años.



"¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera…"




La puta pizza

Mariana Ordenes se paseaba por la pizzería con sus manos llenas de harina apaleando, sobando, estirando y manoseando la masa que hacía salivar a sus clientes.


Con José Paredes entrábamos todas las tardes y pedíamos nuestra favorita, de masa fina con doble ración de chorizo y mucho pimentón. A lo que Mariana agregaba cebolla a su gusto. La mirábamos de reojo y nos paladeábamos por la pizza que íbamos a saborear y por sus contorneos de diosa.


A mi compañero le escuché decir muchas veces en nuestras borracheras:


-¡Ahí está! con sus tetas duras de pezones erizados, si parece que estuviera a la temperatura de su puto horno, como deseo manosearla con esa harina hasta dejarla babeando por mi, a veces la odio por oler a sexo, y con más ganas devoro la puta pizza como si fuera un cabro de mierda- Y esto era verdad, todos la veíamos igual como diosa intocable del placer.


La mina caminaba moviendo su trasero al ritmo en que sus manos movían la masa. Sus pechos se erectaban -tanto como nuestros penes- en su camiseta ceñida que siempre permanecía mojada. Su piel sudaba gota a gota, al igual que la nuestra en la construcción. Sus brazos al descubierto demostraban siempre lo fuerte y femeninos que eran y así permanecían invierno y verano. El pantalón ceñido e impecablemente blanco dejaba entre ver su diminuto calzón. La prenda prohibida e intocable que todos deseábamos romper con nuestra hombría y que nos calentaba tanto como el horno de Don Vittorio.


A la Mariana la esperábamos ver pasar cada mediodía a la pizzería con su candente caminar, nadie le voceaba ningún piropo sólo la mirábamos embobados soñándola en su ritual de la mejor amasadora que había en el barrio.


A la Mariana no le conocíamos novio, ni marido, ni hombre alguno, solo a excepción de nosotros que babeábamos por ella.


A la Mariana nunca se le vio en el bar de Doña Rebeca la mujer de Vittorio. Una mujer hedionda y mal genio que todos odiábamos por no darnos crédito cuando los billetes escaseaban.


Con desprecio nos miraba y decía: -Al que quiera chupar que pague primero, que ya después a los curaitos se les olvida-


Por mi especialidad de técnico eléctrico, Doña Rebeca me pidió que instalara un reloj controlador para que así las luces se apagaran antes que ella volviera de su trabajo por las noches.


–A Vittorio se le olvida siempre apagar las luces. ¡Ramón! Aquí tiene las llaves para que lo deje conectado cualquiera de estas noches-


Me dijo con su avaricia de contar la chaucha siempre.


Entré a la pizzería silbando espantando el miedo de la soledad a esa hora. Crucé el pasillo desde el patio hasta la sala de hornos y al pasar por la oficina de Don Vittorio, la luz estaba encendida, se oían voces y me detuve en seco al escuchar la voz de la Mariana transformada en un entrecortado jadeo.


Impactante fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta vi al italiano gateando por el piso, girando ridículamente en redondo y a la sensual Mariana montada a caballo en este viejo con olor a aceite de oliva rancio.


La escena, sumándole lo ridículo de sus atuendos, quedo fija en mi espantada retina. El vejete desnudo con su barriga que colgaba y con una rienda de caballo de carreta al cuello. Ella de botas con espuelas, espoleando al ritmo del látigo que golpeaba en el trasero a este encabritado e indomable anciano potro.


Por arte de magia dejé de mirar a la Mariana cada mediodía al pasar a la pizzería y mi sexo no le rindió más los homenajes de diosa.


Testimonio de Ramón Cisterna, técnico electricista especialista en relojes controladores.

El prendedor de corbata

Catalina usaba la falda larga y miraba el horizonte, caminaba con el candor de su delgadez destilando esa sensualidad inocente que provocaba sólo a los soñadores.

Catalina iba y venía por el arte, tanto recitaba como pintaba. Lo que sus manos tocaban despedían estrellitas que la hacían mágica.

Todas las mañanas se la veía pasar en su bicicleta con su sombrero que ponía hasta sus ojos a los que ella ocultaba reservando su brillo solo a quién apreciase esto.


La mañana de aquel miércoles de enero, brillaba con su cielo azul y su brisa tibia, prometiendo la temperatura de la época del año. La radio temprano ya había anunciado sobre los 32°C, por lo que su ropa era escasa.


A la velocidad de su fresco perfume la vio pasar Alberto desde su balcón cuando tomaba un café con Estela, su mujer, la que se percató de su mirada brillante, y dijo:

Ay! Catalina que audaz tu transparencia de hoy. Ante lo cual Alberto la miró y rió. Aunque maliciosamente pensó – Que tal una visita a su taller hoy-


Catalina modelaba su greda con su delantal lleno de barro y colores, sus dedos entraban y se perdían en la masa que gozaba de esas caricias.

Se sentó sensualmente en el torno con sus piernas abiertas y su amasada bola de barro y así la encontró Alberto con su espalda al descubierto invitando a toda su hombría. Y con su delicadeza de amante incorregible la abrazo por la cintura, deslizando sus mano a través del plano estómago, encontrando sus costillas que sí sabían de cosquillas y abrazos, ella se dejó y sólo volteó para encontrarse con esos labios con sabor a pecado y traición.

Con pericia le fue levantando la falda hasta encontrar su humedad y su flor abierta a él. Ella giró su cuerpo para descubrir a su erecto sexo y dejarlo entrar como lo hacían cada mañana, donde las preguntas no estaban invitadas en este tiempo.

Catalina lo dejaba y respondía como una gata a cada embate de Alberto. El torno giraba al ritmo de la música que sólo el barro conocía y que agradecía convirtiéndose en una hermosa vasija.

Alberto quedó satisfecho como siempre, su hombría le agradecía su osadía y Catalina muy sonriente con sus ojos más pequeños, más brillantes y su inocencia habitual.

Estela entró al taller cuando el mediodía ya apuntaba el cielo y el sol quemaba sin piedad.

-¡Buenas! ¿Son buenas si o no?-

Preguntó al aire y acotó:

¡Tu vestido de hoy! lo quiero ver, es maravilloso, si hasta a Alberto se le pusieron los ojos blancos al desayuno. Creo que lo dejaste sin comer mis panqueques con miel, ¡y mira que si le encantan! Salió apurado a su reunión de lunes y es miércoles ¡que ubicado anda!

Y tomando el vestido para sobreponerlo en su cuerpo, con estupor encontró el prendedor de corbata de Alberto pinchando a la mariposa azul que parada sobre las flores de tul y gasa y que a pesar de haber sido traspasada, aún vivía.


Catalina pasa en bicicleta a su taller con su hijo Jeremías cada mañana, con su pelo y su vestido al viento, lleva la sonrisa de la niña inocente de siempre.

http://www.diariouno.cl/sinclasificar/el-prendedor-de-corbata/

La dama del lago




Ella ha esperado a su amor por muchos años y se ha acicalado para estar a la altura del amante que prometió el destino mandar.
No le han faltado los aceites y aromas para acariciar su cuerpo, los ha elegido con esmero, optando por los de fina calidad y de preferencia con aromas a naranjos y limones, pero no ha dejado fuera de su elección, la lavanda y el sándalo.
Después de despertar y muy soñolienta, todas las mañanas acostumbra a tomar su baño en ese recodo del lago, donde el frío viento sur no se cuela en las gélidas mañanas de ese paraíso sureño.
La rutina, la de siempre, sin apuros ni trámites.
Su delicada y fina camisa de noche arrugada y adherida a su cuerpo, marca cada curva y pliegue. Y la hacen caminar con la sensualidad que lleva en la soberbia de saberse hermosa, y del conocimiento de su cuerpo. Al que conoce centímetro a centímetro.
El ritual de esparcir el jabón y champú en la palma de sus manos, los que iban a parar al pelo y al cuerpo, haciendo una blanca espuma que a esa hora de la mañana brillaba plateadamente a los primeros rayos del sol.
¡Qué cuadro era aquella escena!
De su pelo rubio caían las gotas de agua que seguían por los caminos donde los deseos impúdicos hambrientos buscaban deleites en sus dedos, a los cuales ella ponía y sacaba a su antojo para sentirse amada. Nunca saciaba sus apetencias en este paso, solo se deleitaba en dar y quitar lo que su voluntad deseaba.
Nunca usó toalla, exponía su cuerpo al tibio sol y admiraba cada gota que iban evaporándose una a una, las plateadas y doradas que desaparecían mientras ella se contemplaba en el éxtasis de saberse la diosa Eros.
Siempre sus ojos cumplían la misión de dar el placer de la contemplación por largos minutos, sabía que eso le producía la humedad necesaria para que su sexo la dejara entrar con el placer de no hacerse daño.
Elegía sus aceites con el cuidado que le otorgaba el pensar en el amado que vendría. Cada esencia para cada parte de su cuerpo.
El sándalo lo esparcía por sus brazos haciendo movimientos circulares y haciendo bailar sus dedos desde las axilas al codo y siguiendo hasta sus suaves manos, su olor le evocaba maderas antiguas.
La lavanda y su perfume añoraban campos de susurros clandestinos con la luna brillando de asombro. Esta era esparcida desde el cuello a los senos donde el deleite era jugar y soñar con sus pezones creyendo que su amado podía percibir su aroma a la distancia.
Naranjos en flor, canta el tango y ella lo evocaba entre el placer de tocar sus piernas y masajearlas para dejarlas suaves a la espera de las soñadas caricias.
Dejando al limón y su ácida aroma, limpio, penetrante, incitante, apetitoso y provocador que adherido a sus dedos tenía el picor del deleite en su sexo.
Aquí detenía el tiempo, lo prolongaba sin urgencia, era su momento, soñar con el amado que vendría a regocijarse en los encantos, que ella preparaba cada mañana en este ritual.
Esta princesa esperaba día a día, mañana a mañana, a su galán que una vez prometió acariciar esa suave piel con sus dedos de avezado y atractivo seductor.

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Sueño en el desierto

Bajé del avión cansada de la rutina de la capital. Dejando atrás mis angustias y tristezas. Alojé -como siempre- en ese hotel de San Pedro, donde todo invitaba a soñar con el amante. Ése que no había querido acompañarme por su cobardía de siempre. Ya sabía él cuánto odiaba venir al norte sola. Los vuelos, debido a las tormentas de viento durante la primavera, hacían de los aterrizajes un acabo de mundo. Entre éstos y la maldita puna, hacían de la noche mi martirio. La cabeza daba vueltas entre el dolor y la tristeza de tener esa hermosa, estrellada y solitaria noche.

Así lo dije al fono cuando me llamó para preguntar cómo había llegado, su voz quedó en mis cansadas sienes retumbando en mi cuerpo, que a mi sexo dejó protestando. Me duché y puse mi cabeza en la almohada y el sueño se apoderó de mí.

A medida que la noche avanzaba, lo fui arrancando de mis sueños. Lo convertí en carne y hueso y lo arropé a mi lado, tenía mucho frío, eso dijo con mucha inocencia, aunque creo que era sólo el reclamo por sus ganas de caricias y regaloneo, por su cara digo yo.

Lo tomé en un abrazo eterno y acaricié su espalda por mucho rato. Mis dedos jugaban en sus vértebras y caminaban desde el cuello al coxis, sin dejar pedazo de piel sin tocar, mientras los suyos se deslizaban entre agujeros y pezones y entraban y salían a discreción. Y así esperé sentir su sexo muy erecto reclamante e insaciable. Entonces abrí mis piernas dejando al descubierto toda mi intimidad solo para él. Entre bocas, lenguas y sexos suplicantes nos hicimos un solo ovillo que rodó y rodó por la cama hasta caer al suelo donde sumisamente lo deje embestirme sin piedad, entró y salió las veces que lo deseó. Nuestra pasión y deseo terminó en un hermoso y placentero orgasmo, que nos hizo bailar en las dunas del placer, donde terminé mirándome en el cielo de sus ojos.

Siempre me hago la misma pregunta ¿Cómo puedo tenerlo en mi cama y de manera tan real? Que hasta las sábanas quedaron arrugadas y mojadas con nuestro sudor, donde el olor a deseo y pasión impregnó el cuarto de jazmines como los que suelo oler en los patios de Toconao.

Me desperté buscándolo… mi sexo chorreaba placer y mi corazón no deja de saltar.

El frío de la noche estrellada terminó por despertarme. Mi cabeza daba vueltas y vueltas y mi sexo atiborrado de placer al trabajo de mis manos, me hizo caer en la realidad de mi soledad. Conté las estrellas una a una y las fugaces me hicieron una fiesta de danzas ante mis atónitos ojos. Por cada una pedí un deseo.

Con mi agitación aún en el cuerpo y su olor en mi recuerdo, pasó aquel hombre con su pelo largo, su piel morena, sus facciones cinceladas a cuchillo.

Creo que mi calentura era notoria y como un hechicero adivinó mis necesidades. Me tomó, rasgó mis ropas y arremetió en mi cuerpo sin piedad. Sus dedos entraron en mi sexo que se dejo llevar rápidamente por el deseo.


Y a usted lo soñé gimiendo de pasión.


Me dejó con el sabor de un beso salino y dulzón.





Sabina y mi borrachera


Aparecí en la playa, lugar donde siempre llegaba después de mis fiestas, cuando quería hundirme en el alcohol. Nunca he sabido si es para mantener vivo tu retrato o para que te deshagas o esfumes para siempre.

Entré al bar buscando compensarme y poder sentir el mundo mejor, la música retumbó en mis sienes y la voz de Sabina me repetía:
-Luego todo pasó
de repente, su dedo en mi espalda
dibujó un corazón
y mi mano le correspondió debajo de tu falda-.

Lo vi sentado en la barra. Miré su espalda fuerte y su estatura baja, pero sus azules ojos se clavaron en mí desde la cabeza a los pies y se detuvieron en mi trasero, no me extrañó, es lo que siempre miran.

Tomaba café, así que avergonzada pedí uno, dejé una silla vacía y pregunté al viento -¿Se irá a despejar?- Moviendo mi pelo de mina con las hormonas alborotadas. Cambió de asiento y acercó su boca con aliento a café y cigarrillo trasnochado y dijo: -¿Cómo quiere tenerlo Usté?- Mi cabeza giraba, no sabía si era el licor o mis hormonas que habían cobrado vida. Luego de una breve conversación salimos del bar riendo, y abrazados cruzamos a la playa.

Cartagena aún no despertaba y Playa Chica se veía grande sin sus bañistas. Caminamos entre besos y manos que iban y corrían por nuestros cuerpos, intruseando todo lo que por delante se ponía y oponía…

Y sintiéndome la mina de Sabina lo invité a recorrer por debajo de mi falda a sus manos que supuse muy adiestradas. Ellas entraron, buscaron y se metieron a donde hacía tiempo las tuyas no llegaban. Y las suyas dejaron de ser toscas y rudas, y por arte de magia pasaron a ser olorosas y suaves. Mi ropa fue saliendo y desprendiéndose de todo lo que encontraba entre sus manos y mi piel. Hurgó por todos los agujeros que ansiaban ser tocados y mis humedades respondían a cada dedo, palma y caricia que iban y venían. Él solo bajó su pantalón y me penetró rudamente, lancé un alarido de dolor y placer.

Y así me encontré a mediodía con el sol en la cara, con unos niños que reían y una señora gritaba: ¡Esta viva la muy puta! Al yo mover mi adolorido cuerpo.

Con la cabeza aturdida intenté vestir mis partes más visibles. Caminé sin rumbo pensando buscar un lugar donde tirar mi cuerpo. Entré a ese hotel, con olor a encierro y humedad, donde se mezclaban la oscuridad y la promiscuidad. Me desvestí de la poca ropa que me cubría y al contacto con el agua fría de la ducha que maltrató mis huesos, grité y rompí en llanto. Como pude me acosté y abrazada a esos ojos azules que clavaban mi sien, dormí.

Al tiempo en otra borrachera volví a los bares de Playa chica. Soñé encontrarlo en el mismo lugar.

A mi búsqueda entre a lo que creí mi Bar… pero era una tienda de abarrotes, decepcionada y dispuesta a seguir buscando volteé y a mi espalda escuché: -Buenos días, ¿Qué desea la señorita?-
Sin darme vuelta -¡Un buen y cargado café!-

Eso es fácil, ¡Teresa un café cargado y caliente p’a la Seño!

Giré mi cuerpo para dar las gracias y preguntar cuánto debía y me tropecé con aquellos ojos azules. Incrédula y ante un fantasma le pregunté si se acordaba de mí. Su respuesta: -¡Ay Seño, por aquí pasan muchas iguales a usté!

Bajé mi cabeza y esperé el café apoyada en el mesón sin hacer comentario, en la radio Sabina cantaba:
-Y en lugar de tu bar
me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano-.

Y ahí venía Teresa con su tazón amarillo y saltado de tanto uso y encontrones… me pasó el café sin mirarme.
Sin embargo a mi respuesta de -¡Gracias Señora!- La mujer me miró y lanzó un grito despavorido:

-¡La puta de la playa!... te dije que no estaba muerta…


http://www.lanacion.cl/sabina-y-mi-borrachera/noticias/2009-12-11/222255.html