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sábado, 24 de julio de 2010

Un cristal a las tres


Frente al espejo de esta nostálgica tarde y evocándolo ardiente y con entusiasmo, escucho el llamado a sus brazos que desenfrenadamente provoca la euforia ciega a mi pobre sexo, que testarudo solo quiere satisfacerse del suyo.


Son las 3 de la tarde, la hora del intenso letargo donde el sopor de una siesta se queda en el cuerpo. Y con el débil sol en mi ventana desnudo a mi cuerpo, lo miro y contemplo mis brazos, mi abdomen, mis pechos, queriendo ofrecerlo como un sacrificio en este altar de la obstinada vehemencia.


Me recorro y me acarició lentamente y solo el vidrio es testigo de tanto arranque de lujuria.


Cierro y entreabro mis ojos, como le gusta verme, en esa mirada dulce de complacencia al placer otorgado por mis manos y dedos que hurgan grutas y caminos que preparan a su deseosa visita.


Mi acogido refugio grita gemidas canciones de tantas tardes y noches de vigilia.


Humedades que desean ser colmadas de miel cuando su pasión entre en la realidad misma que presiento mirando mi cuerpo dibujado en la luneta de mi retina.


A su aroma lo extraigo de las paredes de mi cuarto, de mis sábanas, de mi cuerpo, de su recuerdo, del atardecer que se aproxima a mi ventana y de orgásmicos amaneceres…


Y detrás de mi imagen como una sombra veo su rostro brillando pleno de dicha, de gritos, de satisfacción, de angustias reprimidas, de violentos deseos de hacerme suya eternamente.


El cristal sonríe maliciosamente en la complicidad de enviar la imagen a su corazón, y de querer tener ambas figuras en su cristalina y plateada fachada como la mejor foto de un amor dado y entregado, con ese ardoroso y doloroso placer cuando dos cuerpos se juntan en un soñado clímax.


El espejo me arroja la imagen cuando sus brazos rodean mi cintura ante el deseo de ser poseída para quebrar en mil pedazos el cristal de la fantasía y hacerlo realidad en esta fría tarde de otoño.


Miro mi cuerpo desnudo sin hojas y gozoso en este plácido y eterno orgasmo...

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