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sábado, 24 de julio de 2010

Sabina y mi borrachera


Aparecí en la playa, lugar donde siempre llegaba después de mis fiestas, cuando quería hundirme en el alcohol. Nunca he sabido si es para mantener vivo tu retrato o para que te deshagas o esfumes para siempre.

Entré al bar buscando compensarme y poder sentir el mundo mejor, la música retumbó en mis sienes y la voz de Sabina me repetía:
-Luego todo pasó
de repente, su dedo en mi espalda
dibujó un corazón
y mi mano le correspondió debajo de tu falda-.

Lo vi sentado en la barra. Miré su espalda fuerte y su estatura baja, pero sus azules ojos se clavaron en mí desde la cabeza a los pies y se detuvieron en mi trasero, no me extrañó, es lo que siempre miran.

Tomaba café, así que avergonzada pedí uno, dejé una silla vacía y pregunté al viento -¿Se irá a despejar?- Moviendo mi pelo de mina con las hormonas alborotadas. Cambió de asiento y acercó su boca con aliento a café y cigarrillo trasnochado y dijo: -¿Cómo quiere tenerlo Usté?- Mi cabeza giraba, no sabía si era el licor o mis hormonas que habían cobrado vida. Luego de una breve conversación salimos del bar riendo, y abrazados cruzamos a la playa.

Cartagena aún no despertaba y Playa Chica se veía grande sin sus bañistas. Caminamos entre besos y manos que iban y corrían por nuestros cuerpos, intruseando todo lo que por delante se ponía y oponía…

Y sintiéndome la mina de Sabina lo invité a recorrer por debajo de mi falda a sus manos que supuse muy adiestradas. Ellas entraron, buscaron y se metieron a donde hacía tiempo las tuyas no llegaban. Y las suyas dejaron de ser toscas y rudas, y por arte de magia pasaron a ser olorosas y suaves. Mi ropa fue saliendo y desprendiéndose de todo lo que encontraba entre sus manos y mi piel. Hurgó por todos los agujeros que ansiaban ser tocados y mis humedades respondían a cada dedo, palma y caricia que iban y venían. Él solo bajó su pantalón y me penetró rudamente, lancé un alarido de dolor y placer.

Y así me encontré a mediodía con el sol en la cara, con unos niños que reían y una señora gritaba: ¡Esta viva la muy puta! Al yo mover mi adolorido cuerpo.

Con la cabeza aturdida intenté vestir mis partes más visibles. Caminé sin rumbo pensando buscar un lugar donde tirar mi cuerpo. Entré a ese hotel, con olor a encierro y humedad, donde se mezclaban la oscuridad y la promiscuidad. Me desvestí de la poca ropa que me cubría y al contacto con el agua fría de la ducha que maltrató mis huesos, grité y rompí en llanto. Como pude me acosté y abrazada a esos ojos azules que clavaban mi sien, dormí.

Al tiempo en otra borrachera volví a los bares de Playa chica. Soñé encontrarlo en el mismo lugar.

A mi búsqueda entre a lo que creí mi Bar… pero era una tienda de abarrotes, decepcionada y dispuesta a seguir buscando volteé y a mi espalda escuché: -Buenos días, ¿Qué desea la señorita?-
Sin darme vuelta -¡Un buen y cargado café!-

Eso es fácil, ¡Teresa un café cargado y caliente p’a la Seño!

Giré mi cuerpo para dar las gracias y preguntar cuánto debía y me tropecé con aquellos ojos azules. Incrédula y ante un fantasma le pregunté si se acordaba de mí. Su respuesta: -¡Ay Seño, por aquí pasan muchas iguales a usté!

Bajé mi cabeza y esperé el café apoyada en el mesón sin hacer comentario, en la radio Sabina cantaba:
-Y en lugar de tu bar
me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano-.

Y ahí venía Teresa con su tazón amarillo y saltado de tanto uso y encontrones… me pasó el café sin mirarme.
Sin embargo a mi respuesta de -¡Gracias Señora!- La mujer me miró y lanzó un grito despavorido:

-¡La puta de la playa!... te dije que no estaba muerta…


http://www.lanacion.cl/sabina-y-mi-borrachera/noticias/2009-12-11/222255.html

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