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domingo, 25 de julio de 2010

El pianista



Sus dedos saltaban de tecla en tecla y la música estallaba en el techo sucio y maloliente del aquel bar. Los boleros y su voz ronca la transportaban hacia los besos y caricias que inundaban sus soñadas fantasías.

Ella se sentaba con su vodka tónica al frente, hasta que la razón se perdía en el humo y el sudor. Los parroquianos la miraban con ansias de poseerla, las invitaciones a bailar, a brindar, a conversar eran el pan nuestro de cada noche. Sin embargo, ella solo tenía ojos para el pianista.

El nunca le dirigió siquiera una mirada, aunque ella le sonreía con pasión, para él era como una visión sentada en el limbo.

Aquella noche, en que la embriaguez la tenía volando en la penumbra, él se paró frente a su mesa y la invitó a bailar. La apretó a su cuerpo y ella sintió el placer que ya presumía ostentosamente varonil.

La retorció y la estrujó cual muñeca de trapo mientras su rodilla jugaba acariciando su entrepiernas.
Sus vientres se retorcían en cada movimiento de caderas y al unísono marcaban el paso de la música.
Él cantaba suave y seductor y ella respiraba su vaho con el aliento impregnado a alcohol.
Él mordía su oreja y a ella se le humedecía el calzón, mientras la hombría del pianista mostraba el orgullo de estar en la plenitud del encantado énfasis.

Las manos expertas en acordes recorrían desde las caderas a las nalgas y caminaban por la espalda, deteniéndose en el cuello para volver a embestir, atacando nuevamente los montes hasta ganar la batalla.
Sus dedos no emitían los acordes musicales que ella tenía grabado en su memoria y en sus oídos, solo hurgaban y apretaban, causando dolor que ella percibía únicamente en forma de placer.

Para ella fueron horas convertidas en segundos y para él el eterno momento de seducción del cual no sabía disfrutar y que en la premura de su machismo solo deseaba el acabamiento final.


Amanecieron abrazados en el maloliente camerino mirando el techo que giraba como el cielo de París para ella y para él como huracán en las sienes adoloridas por el licor.

Él nunca supo su nombre y ella al limbo volvió.

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