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sábado, 24 de julio de 2010

Sueño en el desierto

Bajé del avión cansada de la rutina de la capital. Dejando atrás mis angustias y tristezas. Alojé -como siempre- en ese hotel de San Pedro, donde todo invitaba a soñar con el amante. Ése que no había querido acompañarme por su cobardía de siempre. Ya sabía él cuánto odiaba venir al norte sola. Los vuelos, debido a las tormentas de viento durante la primavera, hacían de los aterrizajes un acabo de mundo. Entre éstos y la maldita puna, hacían de la noche mi martirio. La cabeza daba vueltas entre el dolor y la tristeza de tener esa hermosa, estrellada y solitaria noche.

Así lo dije al fono cuando me llamó para preguntar cómo había llegado, su voz quedó en mis cansadas sienes retumbando en mi cuerpo, que a mi sexo dejó protestando. Me duché y puse mi cabeza en la almohada y el sueño se apoderó de mí.

A medida que la noche avanzaba, lo fui arrancando de mis sueños. Lo convertí en carne y hueso y lo arropé a mi lado, tenía mucho frío, eso dijo con mucha inocencia, aunque creo que era sólo el reclamo por sus ganas de caricias y regaloneo, por su cara digo yo.

Lo tomé en un abrazo eterno y acaricié su espalda por mucho rato. Mis dedos jugaban en sus vértebras y caminaban desde el cuello al coxis, sin dejar pedazo de piel sin tocar, mientras los suyos se deslizaban entre agujeros y pezones y entraban y salían a discreción. Y así esperé sentir su sexo muy erecto reclamante e insaciable. Entonces abrí mis piernas dejando al descubierto toda mi intimidad solo para él. Entre bocas, lenguas y sexos suplicantes nos hicimos un solo ovillo que rodó y rodó por la cama hasta caer al suelo donde sumisamente lo deje embestirme sin piedad, entró y salió las veces que lo deseó. Nuestra pasión y deseo terminó en un hermoso y placentero orgasmo, que nos hizo bailar en las dunas del placer, donde terminé mirándome en el cielo de sus ojos.

Siempre me hago la misma pregunta ¿Cómo puedo tenerlo en mi cama y de manera tan real? Que hasta las sábanas quedaron arrugadas y mojadas con nuestro sudor, donde el olor a deseo y pasión impregnó el cuarto de jazmines como los que suelo oler en los patios de Toconao.

Me desperté buscándolo… mi sexo chorreaba placer y mi corazón no deja de saltar.

El frío de la noche estrellada terminó por despertarme. Mi cabeza daba vueltas y vueltas y mi sexo atiborrado de placer al trabajo de mis manos, me hizo caer en la realidad de mi soledad. Conté las estrellas una a una y las fugaces me hicieron una fiesta de danzas ante mis atónitos ojos. Por cada una pedí un deseo.

Con mi agitación aún en el cuerpo y su olor en mi recuerdo, pasó aquel hombre con su pelo largo, su piel morena, sus facciones cinceladas a cuchillo.

Creo que mi calentura era notoria y como un hechicero adivinó mis necesidades. Me tomó, rasgó mis ropas y arremetió en mi cuerpo sin piedad. Sus dedos entraron en mi sexo que se dejo llevar rápidamente por el deseo.


Y a usted lo soñé gimiendo de pasión.


Me dejó con el sabor de un beso salino y dulzón.





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