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sábado, 24 de julio de 2010

1965: La revolución de la minifalda y el año que lo conocí


Cuando el diseñador André Courréges presentó su colección de primavera-verano en el invierno de 1965, sabía que su carrera iba por buen camino.
-Cada vez que he hecho algo moderno, con amor y entusiasmo, se me ha criticado- ¡Ya tengo bastante!- comentó.
Aun así, este modisto hizo desfilar a sus modelos con botas blancas, vestidos angulares y minifaldas -una prenda nueva, diez centímetros por encima de la rodilla- El público quedó en silencio pero, cuando terminó el desfile, Courréges había mostrado no sólo una moda nueva sino también la mujer que la llevaría.



Y así con esta moda me empezaba a convertir en mujer.
Fue el año en que lo conocí y no sé si mi corta falda y mis delgadas y largas piernas lo animaron a besarme y dejarme suspirando por tantos años.

Recuerdo la citroneta de su amigo Raúl –novio de mi mejor amiga- con quienes compartíamos esas noches en que nos parecían segundos. Nuestras bocas no descansaban y nuestras inquietas manos querían aprender de memoria nuestros cuerpos. En las noches de bailes nuestros cuerpos parecían uno solo y casi no respiraban para levitar al ritmo de la música. El lugar… donde se reunían los jóvenes, la discoteca ’’Las brujas’’.

Este y otros lugares de los alrededores de Santiago eran los escenarios de la pasión de nuestras citas nocturnas, Lo curro, El Arrayán, Los Dominicos o sencillamente los rincones oscuros cerca de la casa de mis padres, quienes dormían con un ojo esperando que la hija apareciera, toda chascona tratando que en sus ojos no se notara el brillo y hablando desde lejos para no delatar la evidencia de la noche de sexo que se apreciaba a metros de distancia.

Siempre fue callado, introvertido y esa personalidad enigmática me atraía por sobremanera. Yo era una colegiala adolescente sin criterio, él un joven universitario maduro y responsable que empezaba la vida y la moldeaba a su antojo. Y yo, no estaba en sus planes… aunque nuestros encuentros eran desmedidamente apasionados. Y lo recuerdo muy bien –sentía como el placer lo invadía- también el momento que abandonó nuestras citas.

Nuestras vidas se fueron transitando por distintos senderos. Casados y divorciados con hijos y nietos, con dolores y alegrías pasaron cuarenta años hasta que una noche apareció en la pantalla de mi notebook. Era un frío mes de julio.

Lo vi triste y cabizbajo con dolores y angustias. Con su pelo canoso y pequeñas arrugas en su piel, sus ojos eran los mismos que tantas veces recordé y busqué en las calles del mundo. Porque para mí él fue, es y será el más apuesto de los hombres que he conocido.

Fue un alegre y emotivo encuentro en el que tratamos de decirnos lo que había sido de nosotros. Con amenos y entretenidos diálogos pusimos sobre la mesa sentimientos y tristezas, frustraciones y logros, hijos propios y prestados y años que brillaban en los ojos.

La juventud afloró por arte de magia, nuestras manos se rozaron y nuestras bocas comenzaron a desearse de forma acelerada. Nuestras tazas de café a medio terminar, la propina al garzón que fue en demasía, quedaron en la mesa de aquel Café, porque las ansias de tantos años acumulados eran más. Y huyendo salimos de allí.

Cruzamos corriendo la ancha avenida con bocinazos que nos alertaban del peligro. En un estacionamiento municipal nos besamos, y nos besamos con el aliento de los años.
Por decisión de ambos terminamos en Valparaíso mirando el mar a las cuatro de la mañana hasta ver el mejor amanecer.

No volvimos a vernos, muchos correos fueron escritos y jamás enviados.

Ahora he dejado pasar el tiempo -que siempre pienso es oro a esta edad- pero se lo he regalado por respeto a su intimidad…

No estoy en condiciones de soñar, mal que mal esperé verme en sus ojos 40 años.



"¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera…"




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