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sábado, 24 de julio de 2010

Delirio





Con desatino le dijo que no quería volver a verlo y él en su fantasía no le escuchó sus palabras. No tomó nota de ninguna y decidió que su vida sería el absurdo mismo de la realidad hecha mito.

Con desacierto la siguió llamando y su necedad por ella alucinó a tal punto que se le aparecía en su quimera realidad, y enfermo de tanta fantasía, la miraba tanto sentada en la cama como duchándose, y así también cantando y bailando. Las conversaciones eran hasta el amanecer con la emoción de susurrar a su oído y rogarle que no lo dejara nunca.


Por equivocación había ido a parar ese día a la esquina que no era y que debía ser donde encontraría a su amigo. Y por desacierto todo se enredó y acabo tomando café con esa desconocida de ojos negros y profundos, de abundante pelo rizado y pausada voz. Doncella de movimientos y decires sensuales que entusiasmó a su cuerpo y a su corazón.

A ella le caminaban pajaritos por la cabeza y soñaba que todo era de color azul, se adentraba en la profundidad de éste con sabiduría y locura, intentando apariencia de inteligente y cuerda. Y lo lograba, su solapado misticismo era su carta de presentación.

Era la santa de fantasía que siempre usaba la magia para decir y estar a la hora indicada y en el lugar donde deseaba atrapar a su nueva víctima. Los hombres eran su debilidad y su objetivo la seducción. Y él era una presa fácil, de carácter delicado, romántico, sensual, místico y enamorado de la vida y las mujeres.

Pasó el otoño y apareció el invierno y las noches de sexo entre ellos eran eternas, se reían de sus cuerpos traspirados y agotados, donde el licor y la marihuana eran los invitados.

Él cada día se enamoraba más y cuando el tiempo que no le permitía estar con ella, eso se hacía infinitamente eterno y apaciguar esta ansiedad era un tormento.

Ella por su parte se comportaba de manera extraña y egoísta, solo alucinaba entre el sexo, las drogas y las frases que alimentaban su ego.


Aquel martes primaveral fue encontrado llorando debajo de sus sábanas con su cuerpo encogido y entre dientes susurrando incoherencias indescifrables para cualquier cristiano oído.

El desatino se había apoderado de su mente y la necedad de sentirse enamorado lo tenía entre la fantasía y la insensatez. Su absurda equivocación y su desvarío le dejaron el entusiasmo entumido y el cuerpo sumergido en el éxtasis del absurdo.

Ella había desaparecido y sus cosas también.

Dicen los lugareños que duerme a orillas del mar, que se pasea como alma en pena, que canta en raras lenguas que solo él interpreta.

Que su cuerpo está llagado y herido por dentro y por fuera.

Que se alimenta de los recuerdos y que sus días y veranos son tan calientes como las noches con ella.

Y a ella…

Dicen que la escuchan cantar en los roqueríos cerca de la playa grande.

Dicen que se pasea por la costanera en las noches de invierno desnuda y que no siente frío.

Dicen que se burla de su amado que busca en el lugar equivocado.

Dicen que se baña en el mar cuando hay tempestad y ella no sabía nadar.

Dicen que las mujeres le rezan y le piden que conceda favores y los hombres la buscan para hacerle el amor.

Pero dicen también:

Que él llora por la playa suplicando que vuelva a su vida que el mar la regrese a su lecho para hacer el amor de nuevo.

Que echa de menos sus pechos y su boca.

Que extraña sus manos y que le gustaría mirar como bailan sus candentes caderas.

Que añora su risa.

Que todavía huele su perfume.

Que desea que le devuelva su fantasía y su cordura

Solo ayer lo encontré sentado en los roqueríos con la mirada puesta en el atardecer, y recitaba:

¡Que disparate el mío haber estado en la esquina equivocada!

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