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sábado, 24 de julio de 2010

La puta pizza

Mariana Ordenes se paseaba por la pizzería con sus manos llenas de harina apaleando, sobando, estirando y manoseando la masa que hacía salivar a sus clientes.


Con José Paredes entrábamos todas las tardes y pedíamos nuestra favorita, de masa fina con doble ración de chorizo y mucho pimentón. A lo que Mariana agregaba cebolla a su gusto. La mirábamos de reojo y nos paladeábamos por la pizza que íbamos a saborear y por sus contorneos de diosa.


A mi compañero le escuché decir muchas veces en nuestras borracheras:


-¡Ahí está! con sus tetas duras de pezones erizados, si parece que estuviera a la temperatura de su puto horno, como deseo manosearla con esa harina hasta dejarla babeando por mi, a veces la odio por oler a sexo, y con más ganas devoro la puta pizza como si fuera un cabro de mierda- Y esto era verdad, todos la veíamos igual como diosa intocable del placer.


La mina caminaba moviendo su trasero al ritmo en que sus manos movían la masa. Sus pechos se erectaban -tanto como nuestros penes- en su camiseta ceñida que siempre permanecía mojada. Su piel sudaba gota a gota, al igual que la nuestra en la construcción. Sus brazos al descubierto demostraban siempre lo fuerte y femeninos que eran y así permanecían invierno y verano. El pantalón ceñido e impecablemente blanco dejaba entre ver su diminuto calzón. La prenda prohibida e intocable que todos deseábamos romper con nuestra hombría y que nos calentaba tanto como el horno de Don Vittorio.


A la Mariana la esperábamos ver pasar cada mediodía a la pizzería con su candente caminar, nadie le voceaba ningún piropo sólo la mirábamos embobados soñándola en su ritual de la mejor amasadora que había en el barrio.


A la Mariana no le conocíamos novio, ni marido, ni hombre alguno, solo a excepción de nosotros que babeábamos por ella.


A la Mariana nunca se le vio en el bar de Doña Rebeca la mujer de Vittorio. Una mujer hedionda y mal genio que todos odiábamos por no darnos crédito cuando los billetes escaseaban.


Con desprecio nos miraba y decía: -Al que quiera chupar que pague primero, que ya después a los curaitos se les olvida-


Por mi especialidad de técnico eléctrico, Doña Rebeca me pidió que instalara un reloj controlador para que así las luces se apagaran antes que ella volviera de su trabajo por las noches.


–A Vittorio se le olvida siempre apagar las luces. ¡Ramón! Aquí tiene las llaves para que lo deje conectado cualquiera de estas noches-


Me dijo con su avaricia de contar la chaucha siempre.


Entré a la pizzería silbando espantando el miedo de la soledad a esa hora. Crucé el pasillo desde el patio hasta la sala de hornos y al pasar por la oficina de Don Vittorio, la luz estaba encendida, se oían voces y me detuve en seco al escuchar la voz de la Mariana transformada en un entrecortado jadeo.


Impactante fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta vi al italiano gateando por el piso, girando ridículamente en redondo y a la sensual Mariana montada a caballo en este viejo con olor a aceite de oliva rancio.


La escena, sumándole lo ridículo de sus atuendos, quedo fija en mi espantada retina. El vejete desnudo con su barriga que colgaba y con una rienda de caballo de carreta al cuello. Ella de botas con espuelas, espoleando al ritmo del látigo que golpeaba en el trasero a este encabritado e indomable anciano potro.


Por arte de magia dejé de mirar a la Mariana cada mediodía al pasar a la pizzería y mi sexo no le rindió más los homenajes de diosa.


Testimonio de Ramón Cisterna, técnico electricista especialista en relojes controladores.

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