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viernes, 4 de junio de 2010

Desaparición

Santiago, 11 de septiembre de 1973

Querido mío:

Espero que al recibo de esta se encuentre bien y que a pesar de la distancia haya podido pensar en mí. Que su cuerpo extrañe mis caricias y sus oídos mis murmullos.
Quisiera contarle que las rosas están floridas, algo inusual en esta época debe ser porque hace calor aún, a pesar que los abedules ya están desnudos.
Y el zorzal que canta en la ventana ya encontró un amor.
Que nuestra gata lo espera cada noche en la ventana y mira al cielo llamándole.
Y que nuestro camino se alegra cuando lo recorro paso a paso.

Bueno la vida ha seguido su andar a pesar de la distancia, es como sí tratara de hacernos una broma, la vida y la muerte.

A diario lo busco en los rincones de nuestro hogar, en nuestra mesa y en nuestro lecho.
Se acuerda de esa canción la que bailábamos en las mañanas ¡que ridículos nos veíamos en pijamas  y cuan desentonado cantaba a mi oído!
Como extraño esos domingos que eran nuestros.

Todavía el perfume de su ropa se inhala en los roperos y cajones. Aún en los escaparates y entre mis libros encuentro sus mensajes que usted repartía por todos los rincones y que era mi tarea encontrar.
Su receta predilecta la que preparábamos juntos y que reíamos cuando cocinábamos, y que por supuesto siempre se quemaba.
De los atardeceres que mirábamos sin hablarnos, solo abrazados.
De las noches estrelladas, como trataba de enseñarme cada una de las constelaciones, que nunca aprendí.
En mi almohada está su olor, su canto, su poesía, su pasión. Se quedaron impregnados y sirven de alimento y de condimento a mis sueños.
Le cuento que las finanzas andan bien, no se preocupe con amor todo alcanza.
La casa sigue linda y esperando que regrese. En el camino que da a nuestra puerta han florecido las primeras violetas.
Le cuento que los nietos crecen y cada día se ponen más lindos, le habría gustado verlos cantar y dibujar en sus hojas, si, esas que usted guardó para cuando crecieran.
Que los hijos están maduros que cada día los veo más hermosos. ¡Como se parecen a usted!
Que mi pelo se ha vuelto gris y mi memoria blanca que solo quiero los recuerdos de sus manos en las mías, y sentir ese perfume de usted que hacía palpitar mi corazón.
Que mis manos se mancharon de tantas lágrimas que han secado. Que ya mi andar es lento y mi paso titubeante que me siento cansada y que quiero estar junto a usted.
¿Será que después de tanto tiempo podré verlo?
¿Podrá reconocerme?

El miedo me envuelve y se  anida en mi alma. Mi cuerpo se ha lastimado con el tiempo, con su ausencia, con mis esperas, con mis duelos y con mi esperanza.

Todo se lo llevaron esa tarde en que me dijo;
-Voy y vuelvo, quédese tranquila, m’ijta-

Ya no quiero esperarlo más…

Suya siempre.

Su compañera.

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