domingo, 10 de octubre de 2010

Sabor a cielo



Ella usaba poleras con teorías escritas que él intentaba leer 
y resolver con atención.

Volaban sus ropas, se tropezaban con muebles, 
se arrimaban a los muros, 
se montaban y se desmontaban el uno del otro.
Así era cada vez que él traspasaba el umbral 
y ella cerraba la puerta.


Rogó que lo dejara arrancar 
la polera y las teorías escritas 
y ella se escondió entre frazadas 
que ahorcaban y cobijaban. 
Entonces la vergüenza 
le hacía cerrar sus ojos 
y el entendimiento, 
él reía de su actuación.

Sus dedos de hombre apasionado 
caminaban cada milímetro 
por los recodos de la loca geografía de la pasión, 
jugando a hurgar, a reconocer, a memorizar.
Los detenía en la curva peligrosa del placer 
y desde ahí subía por su ondulado pelo
trepando hasta sus sueños.
Los hacía bajar solo al escuchar 
sus femeninos gemidos 
y el rápido aliento de mujer 
en sus oídos 
y con alevosía 
volvía a trepar hasta los cabellos 
que se desparramaban sobre la almohada.

Así ella retorcía su pasión como gata en agosto, 
buscando la boca que detenía su sed 
y gozando el roce que entregaba  
la suavidad de la seda desnuda, 
al cuerpo que se dejaba seducir.

Y subiendo a tientas posándose  
en la luna de su bosque 
como el más experto astronauta 
en su nave espacial, 
tomaban el sol, 
tocaban las estrellas 
y envolviéndose en la lujuria pegajosa 
preguntó a que sabía su sexo.

Ella rió descaradamente 
y respondió:
¡A Cielo!

jueves, 30 de septiembre de 2010

Cruzar



Llámame 

cuando vengas de sentir mi cariño 

cuando te duela el corazón

 y 

cuando se crucen por tus ojos los míos

Presente

El pasado es mi historia, el futuro tu misterio

martes, 21 de septiembre de 2010

Casi



Alrededor de…
mi cintura pasean tus manos

Por poco…
me abrazas.

Aproximadamente…
a la hora de la siesta.

Cerca de…
Tu boca, mi boca.

Poco más o menos…
se unen nuestros sabores.

Casi…
enamoras mis flacas piernas.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Edad

Tengo la edad
de mi llanto
de mis alegrías
de mis logros
de ser mujer
de los días cuando no volaba
de los años sin soñar
de amores que se fueron
de los que se quedaron

jueves, 9 de septiembre de 2010

Entierradas




Cuando la nostalgia embarga el cuerpo y da por acomodar la tristeza al no tener el aliento de tus suspiros en la cara.
Cuando usas la almohada para tener sueños a los que siempre tengo celos de que en ellos estén las piernas de la Maruja.
Cuando el cuerpo y mi pasión te echan de menos e intento recordar  tus manos y  tu pecho, aparece la rabia por las veces que  tuve que compartirte.

¡Ah! ¿Me vas a decir que no sé de ella y sus coqueteos?
Me puedo hacer la tonta cuando te veo salir del turno y enfilar cerro arriba. Entonces afirmo mi cuerpo, que  como alma en pena se pega al pilar de la puerta, para esperar que vuelvas a casa con los ojos enteladitos de tanta pasión.

A la Maruja  la considero buena mujer y no le tengo odio, a pesar de esto no me atrevo a preguntarle por qué te ama o cómo te hace el amor. Aunque creo que sé lo que te gusta de ella y de mí.

Ahora a  700 metros bajo tierra estás tú como héroe de esta patria que poco te ha dado. Y arriba al sol, al viento, comiendo arena y secando nuestras lágrimas, la Maruja y yo te esperamos.
En nuestras conversaciones tú no estás, como si te hubiera tragado la tierra (suena a chiste)  sólo hablamos de nuestras carencias, de amores de antaño, de tristezas y frustraciones. Y cuando nos acordamos de por qué estamos aquí,  viene tu recuerdo, entonces sólo rezamos con tanta devoción que me llega a asustar. Tú sabes lo que pienso de Dios.

Pasa el tiempo y sumamos horas y días a nuestros cuerpos cansados. La Maruja es fuerte y me anima, cobija y le canta a tus hijos que ya son amigos de los de ella, vela mi sueño y cuando despierto con pesadillas me abraza tan fuerte que casi huelo tu aroma.

Yo cocino, ella lava los platos, ordenamos la carpa y bañamos a los niños mientras cantamos las canciones que te gustan.
Reímos por saber el repertorio. En estas ocasiones es que nuestras miradas se cruzan con la complicidad de conocer los momentos, recordando los intentos que hacías por cantar y solo maltratabas nuestros oídos con los desatinos de tu voz.

Ahora ya viene el 11 y sabes lo triste que me pongo.
Ya prometimos ir a la pampa a dejar un abrazo a los que la historia nos asesinó.
Juro gritar por tu padre como lo haces cada año… ¡Compañero Martínez! ¡Presente!

Luego vendrá el 18…queremos celebrarlo con los niños y estamos ensayando  pasos de cueca. Tu hijo mayor baila igualito a ti, es que cada día está más parecido. La Maruja dice que se le entra el habla cuando lo mira.

Ellos hablan del cumpleaños de Chile y sus 200 años y él más pequeño de la Maruja pregunta si vamos tener torta y piñata.  Como puedes apreciar todo se ha enredado por ahora.
Será la globalización, dijo Don Andrés que  ha reído mucho con la pregunta.

Los políticos y los oportunistas del gobierno ya asoman menos por el campamento.

Estoy preocupada y creo que se van a olvidar de ustedes, de  que están entierrados y de nosotras que respiramos dolor y ansiedad.

Mientras, miramos el cielo azul que parece reírse de nuestra tragedia con su belleza.

Ya no sé si siento tristeza  o resignación. O tal vez estoy enterrada contigo y la Maruja aquí en la montaña.

domingo, 22 de agosto de 2010

martes, 17 de agosto de 2010

Contigo



Me has enseñado que estar contigo es lo que más me gusta, y eso es suficiente
Es lindo ver que lo que construiste da sombra

lunes, 16 de agosto de 2010

Quinta Normal

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Me bajé del colectivo a las tres en punto, 
me sudaba la frente y las axilas, 
pero aún así quería encontrarme con el Juan.
Caminé por la gran entrada que daba de lleno a la laguna, 
el sol picaba como lo hacía en el mes de enero.
Pocos eran los que a esa hora paseaban. 
El Juan no se divisaba por ninguna parte 
y yo seguía sudando.
Con una Coca helada en la mano 
que estiró hacia mi, 
pude mirar sus ojos 
y terminar de derretirme.
Ahí sobre el pasto caliente nos besamos 
hasta el atardecer.
El Juan nunca apareció.




Fotografía de la autora

Estación Neptuno

Las noticias le anunciaron lluvias por la tarde y así marchó a su trabajo como cada mañana, de malhumor y soñolienta. Saludó con desgano y trabajó sus ocho horas.
Se empaquetó su abrigo gris y enfiló a la estación de metro. La apretaron, la estrujaron y el cansancio la sostuvo.
Emergió de la estación Neptuno y las primeras gotas le salpicaron la cara.
El olor a tierra húmeda le recordó a su padre y su mano en la suya, las próximas gotas se mezclaron con las lágrimas.

Rumor



Un rumor ronda la ciudad desde La Moneda hasta la esquina de Apoquindo con Tomás Moro.
Que once hombres con camiseta roja corren por el prado de un estadio en otro continente.
Los conduce un argentino. Hombre interesante, que tiene una mezcla fatal para las mujeres, esa combinación de guapo y misterioso que lo transforma en  una buena persona, palabras de la ex presidenta.
La ciudad grita consignas desde el norte al sur y los pacos corren tras del que tenga cara de maleante.
Otro rumor que como una ola resuena… es que ¡Se juega un mundial!

La esquina contraria



En Holanda con Providencia tengo mi oficina. Cada noche hago mi trabajo y mis clientes son los habitué. Me preparó con esmero. Compró mi ropa de ocasión. Mi pelo rubio y mis ojos verdes son inconfundibles bajo el foco de Chilectra.
Soy complaciente a los requerimientos de cada uno de ellos. Los regateos son frecuentes aunque siempre triunfan mis tarifas.
Arremango mi minifalda y me entrego a sus apetitos.
Cancelan, me calan y se despiden.
Al bajar en la estación de Pajaritos recibo un abrazo y una voz dulce me dice ¡Hola papá!

Hora 3:34am


 Hora  3:34am


Corrí y corrí desde  Plaza Italia entre vidrios y pedazos de cemento que amenazaban en las veredas. Mi corazón saltaba de pánico y espanto. Los gritos de los vecinos ahogaban mis oídos. Los minutos eran lentos y el tiempo se había detenido, su mensaje de messenger estaba en mis ojos. ¡Estamos en casa la beatriz, el javier y la abuela, ven tenemos fiesta!
Nos abrazamos y me dijo: - Gueón, gueón, eres maravilloso, eres maravilloso- mientras mis sobrinos me miraban como a un héroe.
-¡Mamá eres tan valiente como la esquina de Pedro de Valdivia con Francisco Bilbao!-

viernes, 30 de julio de 2010

El alma es más liviana que el cuerpo por eso viaja sin documentos...

El olor está relacionado 

con la memoria

y me acordé de ti 

cuando suspiré 

al despertar

martes, 27 de julio de 2010

Su excelencia y el Cibao


Cuando se vive en dictadura y puedes dar la mano de un demócrata, no se debe perder la ocasión de saludar con admiración lo que ese estadista simboliza, la lucha por la libertad y el haber sido elegido por un pueblo que es su mejor carta de presentación. Y ni siquiera te preguntas si son tus mismos ideales.

Corría el año 85 - 86 y mi nuevo lugar de residencia era San francisco de Macorís, pleno centro del Cibao en la isla de la española como la llamaron Colón y sus piratas.

El entonces gobernante visitaba el lugar y por muchas, y pocas razones, me vi involucrada en su visita.
Llegó con sus guardaespaldas, que para mi eran muchos por su corpulencia y pocos para los que traía el dictador en mi país. Las esposas-mujeres de los que habían organizado el evento, estábamos en línea esperando estrechar la mano de este presidente querido y repudiado, dualidad que yo no entendía.
Pocos eran los meses en que había arribado a este paraíso de pobreza y de naturaleza bendita, donde si uno creía que la mano de dios era la creadora y, además, le había dedicado más horas.
Por protocolo, nos fue saludando una a una con la cortesía de quién quiere tener la popularidad de los suyos. No todas éramos locales, pero ahí estábamos y debíamos ser sobre todo buenas anfitrionas

Al llegar mi turno, sostuve con ambas manos la suya y le dije, con mi voz de chilena y arriesgando todo:
Señor Presidente es un honor, mis manos no saludan a un demócrata desde hace mucho tiempo y al último fue a su tocayo y colega nuestro querido Salvador, soy chilena.
Me latía aceleradamente el corazón y mis ojos tenían un brillo entre inocente y ansioso, pensando si estas palabras me podían ocasionar más de un problema.
La ceremonia, los discursos, y su Excelencia que no dejaba de mirarme hicieron que mi nerviosismo aumentara, había osado trasgredir toda regla.

Cuando el presidente comenzó a despedirse, disminuí el paso y me mantuve detrás de todos los asistentes. Sin embargo, él saliéndose de todo protocolo y bajo las miradas de disgusto de los organizadores y guardaespaldas, se dirigió directo hasta donde yo estaba ubicada. La vergüenza se reflejaba en mi rostro que oscilaba del rojo al pálido.
Me tomó ambas manos y dijo: Durante mucho tiempo he querido saludar a un chileno valiente y creo que dios me ha premiado al darme la oportunidad de hacerlo con una hermosa y audaz mujer; por favor dígame ¿Cómo están los hermanos chilenos? Narré  brevemente lo que sucedía en mi Chile querido, la gran y atroz verdad que los míos sufrían, sabía que mis minutos eran muy pocos para decir tanto.
Siempre agradecí sus palabras y el haberme hecho sentir muy importante en ese momento.

Mi estadía en la isla y su gobierno fueron tiempos breves.


Salvador Jorge Blanco ha sido el único presidente dominicano sometido a la justicia y descargado. Su culpabilidad frente a los cargos imputados nunca fue probada, por lo que muchos afirman que el proceso judicial que se le siguió fue político y manejado directamente desde la casa de gobierno para inhabilitarlo como posible candidato presidencial.
En la República Dominicana los juicios a políticos solo son llevados a la corte con autorización del presidente.


Escrito en San Francisco de Macorís.

domingo, 25 de julio de 2010

El pianista



Sus dedos saltaban de tecla en tecla y la música estallaba en el techo sucio y maloliente del aquel bar. Los boleros y su voz ronca la transportaban hacia los besos y caricias que inundaban sus soñadas fantasías.

Ella se sentaba con su vodka tónica al frente, hasta que la razón se perdía en el humo y el sudor. Los parroquianos la miraban con ansias de poseerla, las invitaciones a bailar, a brindar, a conversar eran el pan nuestro de cada noche. Sin embargo, ella solo tenía ojos para el pianista.

El nunca le dirigió siquiera una mirada, aunque ella le sonreía con pasión, para él era como una visión sentada en el limbo.

Aquella noche, en que la embriaguez la tenía volando en la penumbra, él se paró frente a su mesa y la invitó a bailar. La apretó a su cuerpo y ella sintió el placer que ya presumía ostentosamente varonil.

La retorció y la estrujó cual muñeca de trapo mientras su rodilla jugaba acariciando su entrepiernas.
Sus vientres se retorcían en cada movimiento de caderas y al unísono marcaban el paso de la música.
Él cantaba suave y seductor y ella respiraba su vaho con el aliento impregnado a alcohol.
Él mordía su oreja y a ella se le humedecía el calzón, mientras la hombría del pianista mostraba el orgullo de estar en la plenitud del encantado énfasis.

Las manos expertas en acordes recorrían desde las caderas a las nalgas y caminaban por la espalda, deteniéndose en el cuello para volver a embestir, atacando nuevamente los montes hasta ganar la batalla.
Sus dedos no emitían los acordes musicales que ella tenía grabado en su memoria y en sus oídos, solo hurgaban y apretaban, causando dolor que ella percibía únicamente en forma de placer.

Para ella fueron horas convertidas en segundos y para él el eterno momento de seducción del cual no sabía disfrutar y que en la premura de su machismo solo deseaba el acabamiento final.


Amanecieron abrazados en el maloliente camerino mirando el techo que giraba como el cielo de París para ella y para él como huracán en las sienes adoloridas por el licor.

Él nunca supo su nombre y ella al limbo volvió.

sábado, 24 de julio de 2010

Un cristal a las tres


Frente al espejo de esta nostálgica tarde y evocándolo ardiente y con entusiasmo, escucho el llamado a sus brazos que desenfrenadamente provoca la euforia ciega a mi pobre sexo, que testarudo solo quiere satisfacerse del suyo.


Son las 3 de la tarde, la hora del intenso letargo donde el sopor de una siesta se queda en el cuerpo. Y con el débil sol en mi ventana desnudo a mi cuerpo, lo miro y contemplo mis brazos, mi abdomen, mis pechos, queriendo ofrecerlo como un sacrificio en este altar de la obstinada vehemencia.


Me recorro y me acarició lentamente y solo el vidrio es testigo de tanto arranque de lujuria.


Cierro y entreabro mis ojos, como le gusta verme, en esa mirada dulce de complacencia al placer otorgado por mis manos y dedos que hurgan grutas y caminos que preparan a su deseosa visita.


Mi acogido refugio grita gemidas canciones de tantas tardes y noches de vigilia.


Humedades que desean ser colmadas de miel cuando su pasión entre en la realidad misma que presiento mirando mi cuerpo dibujado en la luneta de mi retina.


A su aroma lo extraigo de las paredes de mi cuarto, de mis sábanas, de mi cuerpo, de su recuerdo, del atardecer que se aproxima a mi ventana y de orgásmicos amaneceres…


Y detrás de mi imagen como una sombra veo su rostro brillando pleno de dicha, de gritos, de satisfacción, de angustias reprimidas, de violentos deseos de hacerme suya eternamente.


El cristal sonríe maliciosamente en la complicidad de enviar la imagen a su corazón, y de querer tener ambas figuras en su cristalina y plateada fachada como la mejor foto de un amor dado y entregado, con ese ardoroso y doloroso placer cuando dos cuerpos se juntan en un soñado clímax.


El espejo me arroja la imagen cuando sus brazos rodean mi cintura ante el deseo de ser poseída para quebrar en mil pedazos el cristal de la fantasía y hacerlo realidad en esta fría tarde de otoño.


Miro mi cuerpo desnudo sin hojas y gozoso en este plácido y eterno orgasmo...

La silla


Cuando leí este comentario al pie de la publicación de mi  cuento, que decía “en una silla es incómodo tener sexo”,  junto con reírme,  decidí indagar más allá de la propia experiencia  acerca, de esta posición al hacer el amor.

Revisé la cartelera  de dotadas películas triple X  y comenzó mi peregrinación hasta encontrar la adecuada en un triste, falso y mal actuado celuloide. La proliferación de  silicona y músculos  no abren el apetito precisamente. Al fin  llegó a mis ojos la escena  y  recordé al amigo y su interpretación.
Hasta el momento, todo parecía sencillo de realizar, sin embargo, lo que observé fue una odisea de movimientos parecidos a un reguetón, tan falsos como judas.

Al parecer esta formula no daba los frutos que yo quería.

Comenzaron entonces los interrogatorios a mis amigas, de ellas solo una se había atrevido a tan osada práctica con un amante, un fogoso caribeño, que no nombraré para  proteger la identidad de mi osada amiga. Las demás solo  esperaban una propuesta y soñaban con hacerlo.

Siguieron los amigos, algunos avergonzados confesaron que en la oficina era muy usual, ¡Bingo! ya esto era un adelanto, ahora tenía que saber detalles. Pero ahí, todos se fueron por la tangente y dijeron que les traería problemas con sus parejas,  mi desilusión fue grande.
Me pregunté  ¿cómo no iba a conocer un solo chileno o chilena que me contara su experiencia? Entonces, como una luz, apareció la imagen del Tío Pancho,  famoso por sus dotes de seducción.
Este tío de ya 70 años, que aún usa mocasines sin calcetines,  que se enfunda un celeste jeans y chaqueta azul y se pasea por las calles de Providencia y  por los Mall del barrio alto, seduciendo a toda mujer que huela a progesterona y que tenga el pelo largo, único requisito para que a él le parezca, que sí debe usar sus artimañas seductoras.

Recordé que ahora, a su viudez, vivía en un departamento en el barrio el Golf. Enfilé a su hogar y  parada en la conserjería me encontré preguntando por él.

El conserje me miró de pies a cabeza y detuvo sus ojos en mi corta falda, agregó un comentario a modo de pregunta ¿Su sobrina?... No, soy amiga de su hijo y él me espera; dije con autoridad.
¡Al fondo a la derecha, (casi como si fuera el camino al baño) cuarto piso y toca en la puerta del 407! Concluyó  sin sacar los ojos de mis piernas.
Parada frente a la puerta arreglé mi blusa cerrando el primer botón. Siempre mi madre decía: ¡Cuidado con los tíos! como si padre no fuera tío de alguien pensaba yo de niña, pero nunca se sabía y así,  en su memoria tomé aliento y puse mi índice en el timbre.

El tío Pancho me recibió con la seductora tenida que usaba, de bata de seda, pañuelo de la misma al cuello, mocasines de gamuza, porque jamás pantuflas de jubilado aburrido. Tomó mis manos y las besó lentamente una a una. Su aroma a colonia fresca  me llegó como bofetón a la cara y caí en  cuenta que me había gustado y en respuesta, mi cuerpo respondió con un disimulado coqueteo.

Me ofreció un café  que acepté de inmediato preguntó que tema era ese tan urgente. Hice una breve introducción sin dejar de pensar en el comentario de mi aburrido lector.


¡Ay m’hijita! estos hombres tan poco eficientes. Te voy a contar:
La primera vez que usé una silla con tu tía Marcela teníamos veinte años y ella me lo propuso,  la tenía aburrida la rutina de la cama y ya la cocinera nos había pillado varias veces montados en su mesón, por lo que me pareció  excelente idea. Así no pasábamos vergüenza y estábamos tranquilos. Nunca la vi tan feliz, muchas patas y tapices quedaron en la historia de nuestras proezas. Mi sexo entraba y tocaba sus paredes húmedas y rugosas que al menor movimiento  respondía  acariciándome desde adentro en cada brinco que ella daba sobre mí. Desde que la cama se cambió  por la silla,  nacieron Verónica, Marcelita y tu amigo Panchito-
Acotó: ¡Que tristeza por su mujer! que pena que la haya privado de tanta satisfacción y de buenos orgasmos con esta mágica técnica, tan antigua como el hilo negro.

Salí, desabroché mi botón, dejé el camino de mi escote que tanto te gusta al aire y  caminé por Presidente Riesco dispuesta a encontrarme contigo y murmurarte al oído.
 
Pancho: ¡Quiero una silla  esta noche en tu cuarto porque volarás al cielo!