Automáticamente y de manera muy obvia
me sedujo lo irreverente de tu invitación.
Sólo era un café con aroma a vainilla y conversación discreta,
terminaste diciendo que me querías en tu vida
y eso fue una osada proposición.
Me sobresalté y encendí un cigarro,
como sí el humo me trasladará detrás de un biombo
y no leyeras en mis ojos que anhelaba quedar enredada en tus palabras,
y escribir lo que mi cuerpo quería en mi limitada soledad,
y que tu boca explicaba para traducir lo que tu cuerpo exigía.
Sólo en los ‘’Café de París’’ puedes soñar
y besar con solo dos terrones de azúcar.
CmZ