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domingo, 6 de enero de 2013

Golosina estival

El pan con sus relucientes semillas y su saludable centeno demanda que lo salpique con la dorada confitura de damasco. Entonces ella me arroja la infantil imagen del árbol cargado de frutos de mi casa de Mary Graham (calle que ahora tiene otro nombre)…

Él era mi refugio cuando quería soñar y hastiarme de su cosecha hasta que mi estómago reventara…

Aún recuerdo a mi padre diciendo: -Esta semana hay que encargar un saco de azúcar, los damascos se están pasando (maduración)-

Entonces el almacenero de la Av.Colón esquina de Hernando de Magallanes llegaba en su triciclo repartidor, con el saco de papel que contenía la blanca y refinada azúcar.

Se pesaban los ingredientes en partes iguales, azúcar versus damascos, y se les daba un hervor que se dividía en lapsos de tiempo, según la receta de cada familia, siempre dejando reposar algo que aprovechábamos para degustar.

 

Y en mi angustia de perderlo todo, yo comía y comía… y más comía…

 

Parece este verano ser un año de buenos damascos (solía decir mi padre con su mentalidad de agrónomo) Ayer los encontré en mi feria de Santa Isabel, dulces, grandes, carnosos y muy coloridos…

Su miel chorrea por la comisura de mi boca, por mi mano hasta el codo, tal como era en esa otra época…

 

Mi nostalgia hoy ha viajado al pasado deseando abrazar a los que se fueron pensando que yo era la fanática de este fruto.

En mi memoria aún está presente cuando con mi padre plantamos un pequeño árbol que cuidamos con mucho cariño, y que creció para hacerme feliz en su cobijo de hojas verdes y frutos empalagosos.

 

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