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viernes, 2 de marzo de 2012

La Cabina del Capitán

 



Llegó con sus cartas de la buena suerte en la mano y su sonrisa en los labios,
su falda de gitana  bailaba al ritmo de la brisa marina.


No fue mucho lo que alcanzó a leer e interpretar después de barajar la suerte.

El capitán era hombre fuerte, de piel y de corazón vigoroso, 
sus viajes a los cinco continentes lo  habían dejado mirando al sur  buscando a su estrella.

Ella y sus fantasías creían ser esa estrella y su sur, así pensaba al menos su apasionada imaginación, que esa tarde sería una ilusión.

Al capitán lo apasionaban los rituales, hacerse la idea de que este hombre rudo que capeaba temporales y los domaba, que  se internaba en el desierto del océano, y sin pensar que a lo mejor jamás volvería a tierra,
podría gustar de hermosos ritos al momento de hacer el amor, era una utopía. Y Y para ella,  su fantasía.

El capitán tomó sus manos, la miró a los ojos y sin mover un músculo de su cara, dijo:
¡Nena, sacáte el vestido!

Hipnotizada ella lo deslizó hasta los tobillos, levantó sus pies uno a uno…
él se arrodilló, lo arrugó en sus manos y a su nariz lo llevo, para respirarlo lo más profundo de la misma tela, esa que había ceñido al femenino cuerpo.

La miró nuevamente y con sus salados dedos tocó sus labios, que luego bajaron al cuello, y continuaron en su escote, se estacionaron en su ombligo para ir a terminar en los elásticos de su calzón, los resbaló muy  despacio provocando inquietud al apuro de la ardiente hembra.

Besó cada dedo cuando levantó cada pie para sacar la prenda, ella chorreaba saliva por su boca y sus muslos babeaban la humedad de su sexo. Hizo el viaje de vuelta con la lengua, ella intentó guiarlo a su intimidad. Pero tiernamente, él murmuró:

-Aquí en los muslos me quedo, ellos son míos, los traje a mis sueños, los robé en la isla donde entregué mi mejor tesoro, para quedarme con ellos. Son mi insomnio-

Y ahí se quedó, por mucho tiempo, o por milésimas de segundos porque sobornó al tiempo, para lograr el primer orgasmo.

Cuando sintió que ya estaba mareada y sin voluntad, la tumbó en su litera, algún aceite traído de las Indias empapó  la espalda y con sus manos lo esparció con suavidad.
Repasó mil veces cada vértebra, poniendo nombres de islas a cada una de ellas y ella quiso convertirse en una serpiente.

El aceite chorreaba y viajaba hasta su cola, desde donde caía por su vagina, y hasta ahí llegaban sus dedos, que después  desandaban el camino a su cuello,
hurgaba, escarbaba, palpaba, recorría, y memorizaba cada rugosa caverna que         encontraba. Sus dedos iban aprendiendo el idioma que hablaba el cuerpo de  esta mágica mujer.

Ella escuchaba al placer escribir en su espalda y de saberlo erecto y débil, grandioso y altanero, y su pasión lo deseaba, pero su razón decía que debía callar y solo acatar a la pasión marina puesta en este ritual.

Su dedo índice entró y salió comprobando la humedad de su matriz, haciendo que ella se ahogara en un grito de placer, le estampó un beso largo y pausado, escarbando su boca, saboreando cada palabra, una a una, navegando sin rumbo.

Y aunque el tiempo pasaba, en la cabina estaba detenido, como también había paralizado las pulsaciones de la doncella.

Ella reptó como pudo y con murmullos lo hizo entrar en razón y montó sobre él.
Miraba su cara que ya no era el corsario aguerrido que le había abierto la puerta del camarote, era un adolescente, virgen y asustado al que ella debía hacer descender y ascender en su propio clímax.

Las cartas se lo habían advertido, lo de su corazón de niño, frágil y generoso,
y así lo sintió cuando le dijo que deseaba permanecer en éxtasis por el próximo siglo, y que ella le regalara sus espasmos de acá al infinito.

Se entregó cabalgando en sus caderas, ella perdía la razón pero la recuperaba para tener otro, y otro temporal de pasión.

Cuando su sexo expulsó hasta el último suspiro y su corazón latió en su pecho 
por la escotilla ella contempló, como se dibujaba la silueta de este hombre de mar en el horizonte.

Fue cuando ella cayó en la cuenta que no podía separar la pasión del sentimiento, aquel que
 embargaba al navegar en las aguas de este marino errante.

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