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viernes, 2 de marzo de 2012

La Cabina del Capitán

 Foto de RAM



Llegó con sus cartas de la buena suerte en la mano y su sonrisa en los labios…
y su falda gitana que le bailaba a la brisa marina.


No fue mucho lo que alcanzó a leer e interpretar después de barajar la suerte.

El capitán era hombre fuerte, de piel y corazón curtido…
los viajes a los cinco continentes lo  habían dejado mirando al sur y buscando su estrella.

Ella y sus fantasías creían ser esa estrella y su sur…
y así lo pensaba, al menos en su apasionada imaginación, que era su fin esa tarde.

El capitán era de rituales…
hacerse la idea de:
que este hombre rudo, que capeaba temporales y los domaba…
que  se internaba en el desierto del océano, sin pensar, que a lo mejor jamás volvería a tierra…
podría gustar de ritos, y de hermosos ritos, para hacer el amor…
para ella era su mayor fantasía.

El capitán tomó sus manos, la miró a los ojos y sin mover un músculo de su cara…
Dijo:

¡Nena, sacá tu vestido!

Hipnotizada ella lo deslizó hasta los tobillos, levantó sus pies uno a uno…
él se arrodilló, lo arrugó en sus manos y a su nariz lo llevo… para respirarlo en lo más profundo de la misma tela…
la misma que había ceñido al femenino cuerpo…

La miró nuevamente y sus salados dedos tocaron sus labios bajaron al cuello y continuaron a su escote…
se estacionaron en su ombligo para ir a terminar en los elásticos de su calzón….
los resbaló muy  despacio provocando inquietud a su apuro de ardiente hembra.

Besó cada uno de sus dedos, cuando levantó cada pie para sacar la prenda…
ella chorreaba saliva por la boca y hasta sus muslos corría…
hizo el viaje de vuelta con su lengua…
ella intentó guiarlo a su íntima y fémina humedad.

Pero tiernamente, él murmuró:

-Aquí en los muslos me quedo… ellos son míos, los traje a mis sueños, los robé en la isla donde entregué mi mejor tesoro, para quedarme con ellos. Son mi insomnio-

Y ahí se quedó, por mucho tiempo, o por milésimas de segundos porque sobornó al tiempo, para lograr el primer orgasmo al femenino cuerpo….

Cuando la sintió mareada y sin voluntad la tumbó en su litera…
algún aceite de las Indias empampó a su espalada y con la palma de sus manos esparció con delicadeza.
Repasó mil veces cada vértebra, poniendo nombres de islas a cada una de ellas…
y a ella le  habría gustado ser en ese instante, una serpiente.

El aceite chorreaba y viajaba hasta su cola caía en su vagina y hasta ahí llegaban sus dedos, que después  desandaban el camino a su cuello…
hurgaba, escarbaba, palpaba, recorría, y memorizaba cada rugosa caverna que encontraba…
sus dedos iban aprendiendo el idioma que hablaba el cuerpo de esta mágica mujer.

Ella sentía en su espalda el placer de saberlo erecto y débil, grandioso y altanero y su pasión lo deseaba…
pero su razón decía que debía callar y solo acatar a la pasión marina puesta en este ritual.

Su dedo índice entró y salió comprobando la humedad de su matriz, haciendo que ella se ahogara en un grito de placer…
le estampó un beso largo y pausado, escarbando su boca… debe haber saboreado cada palabra, una una, ya que navegó sin rumbo con su lengua.

El tiempo corría pero en la cabina él lo había detenido, como también paralizó las pulsaciones de la doncella.

Ella reptó como pudo y con murmullos lo hizo entrar en razón y montó sobre él…
miraba su cara y ya no era el corsario aguerrido que le había abierto la puerta del camarote…
era un adolescente, virgen y asustado al que ella debía hacer descender y ascender en su propio clímax.

Las cartas se lo habían advertido, lo de su corazón de niño, frágil y generoso…
y así lo sintió cuando le dijo que deseaba permanecer en éxtasis por el próximo siglo…
y que ella le regalara su primer espasmo.

Se lo entregó cabalgando en sus caderas…
ella perdía la razón pero la recuperaba para tener otro y otro temporal de pasión…

Cuando su sexo expulsó hasta el último suspiro y su corazón cabalgó en su pecho…
por la escotilla ella contempló, como se dibujaba la silueta de este hombre de mar en el horizonte.

Fue cuando ella cayó en la cuenta que no podía separar la pasión del sentimiento…
éste que le embarga navegar en las aguas de este marino errante.

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